Según parece, asistimos a un cierto resurgir de los
partidos de ideología extremista. Bien mirado lo veo lógico, habida cuenta de
la situación actual. Cuando todo va bien, las ideas políticas pasan a un
segundo o incluso a un tercer plano. Tanto da quien gobierne, guste más o
menos, el caso es tener las necesidades básicas cubiertas y acceder a aquellos
placeres que sólo el capitalismo asegura, y aunque sean denostados con la boca
pequeña, el común de los mortales no sólo no renuncia a ellos, sino que los convierte
en objetivos prioritarios de sus vidas.
El sistema capitalista adormece los sentidos
ofreciéndonos cosas: “gana y consume, no pienses”. Y en esa especie de limbo se
instalan las sociedades. Nos enseñan que eso es libertad y nosotros lo damos
por bueno, pues no nos cuestionamos nada: “Si el otro lo tiene, yo también lo
quiero y más aún”. Pero sucede que este Edén artificial no puede durar para
siempre, tiene fecha de caducidad y cuando todo el sistema se viene abajo, como
ahora está sucediendo, nos damos de bruces con la cruda realidad. Es en ese
despertar cuando el ser humano busca a qué asirse, necesita que le den
soluciones (nunca las buscará por sí mismo, está programado para que piensen
por él).
Y por eso se recurre a los viejos tópicos ideológicos,
las posturas se radicalizan y se buscan culpables (siempre se piensa en
términos de problema, no de solución). En vez de buscar alternativas y
soluciones de forma conjunta, se opta por elegir la cabeza de turco a quien se
endilgará el origen del problema. Y allí están agazapados los pensamientos
extremos, nunca desaparecen, solamente hibernan esperando que se den las
condiciones favorables para volver a salir a la superficie, algo que no resulta
difícil puesto que el terreno queda abonado previamente por la infinita
estupidez humana con sus prejuicios y su inmadurez.
En prácticamente todos los países occidentales se alterna en el
gobierno el binomio conservador – progresista, con los matices propios de la
idiosincrasia nacional particular, ambos basados en el capitalismo como estructura
sustentadora de la economía. Una vez que se ha demostrado que ni un partido ni
el otro son capaces de remediar el desastre que ellos mismos han favorecido,
los ciudadanos buscan respuestas en otros lados y es ahí cuando los partidos de
corte más radical, sea en un sentido o en otro, cobran protagonismo. A lo largo
de la historia se han dado demasiados casos como para no prestar al menos un
mínimo de atención a este fenómeno. Pero somos expertos en ignorar nuestro
pasado y aprender de él.
Muchos analísticas políticos y económicos se llevan
las manos a la cabeza escandalizados por el crecimiento de estos partidos, el
caso más reciente lo podemos ver en Grecia, pero ninguno de ellos se ha parado
a pensar en las causas que han motivado dicho crecimiento. Quizás sea por el
hartazgo que produce lo ya conocido y que se está demostrando ineficaz, o puede
que sea la desesperación de no ver la salida a esta situación que parece
prolongarse indefinidamente. El caso es que muchas personas están polarizándose
en ideas de corte radical, que suelen ser excluyentes y peligrosas, pero yo me
pregunto ¿Por qué ninguno de estos autoproclamados expertos sabe dar una
solución alternativa que sea real, no vana palabrería?
Ahora resulta muy fácil criticar el capitalismo,
sistema del que en estos tiempos todo el mundo abomina, aunque haya vivido
felizmente inmerso en él. Me produce repulsión, por ejemplo, ver como el actor
de turno brama contra un capitalismo que él mismo sustenta y en el que parasita
felizmente, mientras por película se embolsa varios millones de dólares, sin
contar con los otros tantos millones que recibe por anunciar las cosas más
inverosímiles, muchas veces productos de lujo privativos para las clases
populares que dice defender (relojes de varios miles, por ejemplo).Esa
hipocresía está tan arraigada en el mundo occidental que es aceptada por una
multitud de seguidores babeantes que asentirán a cualquier cosa que diga su
ídolo aún cuando se esté carcajeando delante de sus narices. Por supuesto esto
es aplicable a muchos cantantes, determinados presentadores de televisión,
algunos escritores… ¿A que conoces varios casos?
Igualmente repugnante es el discurso de los
políticos que se muestran incapaces de dar una sola solución factible a la
situación económica actual que no pase por subir impuestos o recortar sueldos y
prestaciones a los ciudadanos, mientras que con una desvergüenza increíble,
conservan sus privilegios, sueldazos, dietas, pensiones, etc. Y además, cuando
abandonan sus cargos, o incluso la política activa, una vez que tienen el riñón
bien forrado, no sólo se van sin rendir cuentas del desaguisado que suelen
dejar, sino que muchos de ellos tienen la desfachatez de dar conferencias y
escribir libros para explicarnos lo que hay que hacer para salir de la crisis,
cobrando por ello un dineral. Y nosotros tragamos con todo.
Así es muy fácil que se prepare el caldo de cultivo
para que los extremismos se fortalezcan. El desencanto, la falta de
perspectivas, incluso la necesidad y la desesperación, hacen que muchas
personas acaben aferrándose a las ideologías extremas como la última tabla de
salvación. Cualquier cosa con tal de salir de este hoyo. Y, no nos engañemos, del
mismo modo que hay extremismos radicales de derechas y de izquierdas, también
hay un extremismo creciente de simpatizantes de partidos legalmente reconocidos
y mayoritarios, no hay más que mirar a nuestro alrededor.
Un último apunte: Recordar lo que pasó con Hitler es
estremecedor. Hitler no llegó al poder por medio de un golpe de estado,
consiguió una mayoría en las urnas de forma totalmente legal y democrática, lo
que pasó después es por todos conocido. Convendría no olvidar este hecho.

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